jueves, 19 de julio de 2007

Volver

Cuando era chico mi papá trabajaba en el centro en la ya desaparecida (o transformada) Compañía de Teléfonos de Chile, y yo soñé siempre con trabajar, incluso en vivir, ahí, rodeado de edificios, mucha bulla y calles saturadas de gente, automóviles, micros, etc. Poco antes de dejar mi trabajo me dí cuenta que ese sueño se me había cumplido, trabajando durante siete años en Mac Iver con Huérfanos y no me había dado cuenta. Ahora vine a pagar la cuenta de la luz a Monjitas y como hace tanto tiempo que no recorría estas calles, me sentí extraño, como un forastero en tierras que antes me eran tan familiares, un ecosistema al que pertenecía, mi hábitat, pero que ahora se reduce a simples obras arquitectónicas que no despiertan en mí el sentimiento de hogar que llegaron a ser en determinado momento. Cómo echo de menos cuando recorría las librerías Chilena, la Contrapunto o la TXT buscando algún libro entretenido o barato. O como me arrepiento de no haber ido más seguido al cine Lido, donde fuí a ver Fóllame o La Secretaria. Pasé cerca de la señora del kiosko, donde le compraba los Bon o Bon a mi amiga (te quiero cachetes), pero no me atreví a saludarla por miedo a que no se acuerde de mí. La botillería al lado de la pega, los sanguches del Nuria, uffff... son tantas cosas que dejé aquí y ahora no puedo volver a abrazar. Ahora estoy en un ciber a media cuadra de donde ella trabaja y pienso en lo inalcanzable que es, sentado catorce pisos más abajo. No, ahora está lejos, mucho más lejos que eso.