
Tengo un amigo que trabaja en Transantiago y apenas supo que estaba sin pega, me ofreció trabajar como monitor en las Zonas Pagas, que son unos paraderos donde validas la tarjeta antes de subir al bus. Apenas tuvo la oportunidad me llamó, un martes 12 de Junio cerca de las cuatro de la tarde para que nos juntáramos altiro, llegar al punto y empezar a trabajar. Lo tomé como algo caído del cielo a pesar de lo escuálido del sueldo, pero que a falta de trabajo y a sólo veinte lucas del término de la indemnización de mi finiquito, no deja de servir para pagar algunas cuentas.
Así pasé mi cumpleaños, 2 días después, trabajando ahí y la cosa en realidad se ha ido relajando. Hay mucha gente que nos saluda, personas mayores o de mi edad, como una abuelita de pelo blanco con la que siempre converso, la chica Yanis que es punk y con 15 años me dice “Papi” (cosa que no es tan inverosímil si a los 17 años hubiese metido más que la puntita), la Helena que es gótica y bisexual (la primera que conozco y que decidí hacerle los puntos), la Nikita (le decimos así por lo asesina, tiene que ser de café), el Bam Bam, que es un compadre que vocea los colectivos, la Tía que vende sopaipillas o las señoras del frente que venden sándwiches de potito, en fin, todos personajes como salidos de la mas absurda de las comedias; o mis compañeros, que también son un plato: hay uno que le gusta el reggaeton, uno Hip Hop, un Nacional Socialista, uno que es naturista, etc.. Pero a pesar de todo ya nos conocemos harto y estamos bastante afiatados. De hecho los viernes nos tomamos su copete cuando cerramos el punto y lo pasamos la raja.
Y el jueves me tocó ir en el turno de la mañana, que es empezar todo de nuevo, conocer gente nueva, nuevos compañeros y nuevo jefe (jefa en realidad). Me pasaron a buscar en radiotaxi tipo cinco y media, pasamos a buscar a la Fernanda, una compañera muy bonita con la cual converso harto y con quien me siento muy cercano. El día pasó igual rápido y el siguiente estuvo mucho mejor. Llego a dormir un poco y más rato salgo al turno de la tarde.
Recuerdo que donde trabajaba antes, me sentía desanimado, desmotivado y solo pensaba en que me echaran. Incluso cachetes una vez me dijo “no digai weás”, porque quizás sabía lo que me esperaba afuera, que no sería fácil encontrar otro trabajo. Si hay algo que me gusta de ella es que habla como mi conciencia, pero a ninguna de las dos les presto demasiada atención. En todo caso, eso forma parte del pasado, porque si hay algo que he aprendido en este tiempo, estos 8 meses, es a valorar el trabajo sufriendo de su escasez, de su falta o ausencia, cosa que no habría logrado escribiendo 5.000 veces “Debo querer mi trabajo”.
Estoy muy agradecido de haberlo encontrado otra vez y, ahora, de la posibilidad de que con más pega pueda recibir más plata, aunque sea rompiéndome el lomo. Quizás la puta llamada destino no existe y es Dios quien me ha dado una mano en ambas ocasiones, como dice mi amigo Conejo. Pero de eso y nuestras conversaciones prefiero hablar en una próxima ocasión.
