sábado, 8 de septiembre de 2007

Transantiago



Tengo un amigo que trabaja en Transantiago y apenas supo que estaba sin pega, me ofreció trabajar como monitor en las Zonas Pagas, que son unos paraderos donde validas la tarjeta antes de subir al bus. Apenas tuvo la oportunidad me llamó, un martes 12 de Junio cerca de las cuatro de la tarde para que nos juntáramos altiro, llegar al punto y empezar a trabajar. Lo tomé como algo caído del cielo a pesar de lo escuálido del sueldo, pero que a falta de trabajo y a sólo veinte lucas del término de la indemnización de mi finiquito, no deja de servir para pagar algunas cuentas.
Así pasé mi cumpleaños, 2 días después, trabajando ahí y la cosa en realidad se ha ido relajando. Hay mucha gente que nos saluda, personas mayores o de mi edad, como una abuelita de pelo blanco con la que siempre converso, la chica Yanis que es punk y con 15 años me dice “Papi” (cosa que no es tan inverosímil si a los 17 años hubiese metido más que la puntita), la Helena que es gótica y bisexual (la primera que conozco y que decidí hacerle los puntos), la Nikita (le decimos así por lo asesina, tiene que ser de café), el Bam Bam, que es un compadre que vocea los colectivos, la Tía que vende sopaipillas o las señoras del frente que venden sándwiches de potito, en fin, todos personajes como salidos de la mas absurda de las comedias; o mis compañeros, que también son un plato: hay uno que le gusta el reggaeton, uno Hip Hop, un Nacional Socialista, uno que es naturista, etc.. Pero a pesar de todo ya nos conocemos harto y estamos bastante afiatados. De hecho los viernes nos tomamos su copete cuando cerramos el punto y lo pasamos la raja.
Y el jueves me tocó ir en el turno de la mañana, que es empezar todo de nuevo, conocer gente nueva, nuevos compañeros y nuevo jefe (jefa en realidad). Me pasaron a buscar en radiotaxi tipo cinco y media, pasamos a buscar a la Fernanda, una compañera muy bonita con la cual converso harto y con quien me siento muy cercano. El día pasó igual rápido y el siguiente estuvo mucho mejor. Llego a dormir un poco y más rato salgo al turno de la tarde.
Recuerdo que donde trabajaba antes, me sentía desanimado, desmotivado y solo pensaba en que me echaran. Incluso cachetes una vez me dijo “no digai weás”, porque quizás sabía lo que me esperaba afuera, que no sería fácil encontrar otro trabajo. Si hay algo que me gusta de ella es que habla como mi conciencia, pero a ninguna de las dos les presto demasiada atención. En todo caso, eso forma parte del pasado, porque si hay algo que he aprendido en este tiempo, estos 8 meses, es a valorar el trabajo sufriendo de su escasez, de su falta o ausencia, cosa que no habría logrado escribiendo 5.000 veces “Debo querer mi trabajo”.
Estoy muy agradecido de haberlo encontrado otra vez y, ahora, de la posibilidad de que con más pega pueda recibir más plata, aunque sea rompiéndome el lomo. Quizás la puta llamada destino no existe y es Dios quien me ha dado una mano en ambas ocasiones, como dice mi amigo Conejo. Pero de eso y nuestras conversaciones prefiero hablar en una próxima ocasión.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Una Fría Tarde de Agosto (o “El Adiós a la tía Lia)



Recuerdo que cuando éramos niños, mi prima Carolina me dijo una vez que tenía dos abuelas: una la que teníamos en común, la Mami, y la Tía Lia, la madre de mi tío Rodolfo. Durante mucho tiempo nunca había reparado en que yo tenía solo una debido a que mi mamá fue abandonada y se crió en un convento con unas monjitas, las cuales serían su única famila. Con el tiempo, ambas se hicieron muy amigas y yuntas, quizás porque conocían la soledad de cerca; la tía Lia porque enviudó estando mi tío muy pequeño y lo sacó adelante sola, sin siquiera volver a tener un hombre a su lado. Debo decir que hasta hoy no sabía que, por ejemplo, cuando mi mamá la operaron de hernia, fue la tía Lia la que la llevó a la clínica, ya que mi papá debía ir a su trabajo. Sentados en el living luego de saber la noticia de su deceso y recordándola, mi mamá me contó que al ser consultada por una enfermera quien era la mujer que la acompañaba, no dudó en contestar que era su madre.
La tía estaba en sus últimos años, tenía más de ochenta años y a su vida había llegado ese soberbio enemigo llamado Alzhaimer, el cual, a ritmo vertiginoso, había arrastrado sus recuerdos lejos de ella. Una vez viajó a Santiago y nos visitó en nuestra casa, pero a pesar que estuvo con nosotros toda una tarde, de que nos saludó al llegar e, incluso, conversó con nosotros, en su mirada se percibía algo distinto… o alguien distinto. La muerte la visitó en un hogar de ancianos en la Serena donde unas monjitas cuidaban de ella, estando acostada plácidamente en su cama.
Fuimos el miércoles a enterrarla en el Parque del Recuerdo unos cuantos de nosotros, lo que queda de familia y no dejó de sorprenderme lo desunidos que estamos comparados con lo que éramos. La razón fue la muerte de mis abuelos, donde al gran patriarca lo llamábamos Tito y siempre he pensado que tras la muerte del líder de la ex Yugoslavia del mismo nombre, no me extraña que a nuestra familia le halla ocurrido lo mismo que a dicho ex país.
Al llegar caminé por las calles del cementerio, bordeando el prado regado de mármol y pude ver a personas sentadas en el césped mirando la lápida con dolor, con recogimiento y evidente angustia, mientras que otros lo hacían con una sublime conformidad, haciéndolos ver como si estuviesen de picnic, leyendo un libro, recostados junto al ser querido como si fuese una cama. Corrió una brisa fuerte y fría; me metí las manos en los bolsillos, me acurruqué en la bufanda y me uní a los demás.
La bajaron de la carroza que la traía desde el norte y abrieron la pequeña puerta del ataúd para poder verla, serena y tranquila, como durmiendo. Pusieron el ataúd sobre un carro y nos dirigimos a depositarla en su última morada.
La pusimos sobre la tumba los hombres ahí presentes; es primera vez que me pasa y no me gustaría hacerlo de nuevo. Se dijeron unas palabras a cargo de mi tío Ramón, donde recordó que en los inicios de su vida de casados la tía lo ayudó recibiéndolos en su casa. Hoy, casi treinta años después y con su matrimonio perdido, tuvo varios quiebres en la voz.
Y una vez terminado todo, cuando ya todos estaban conformes y comenzaban a bajarla, no aguanté más. Se me vino a la cabeza cuando llegaba a mi casa y siempre me traía dulces o galletas, que cuando terminábamos de tomar té se levantaba de las primeras a lavar la loza y había que retarla para que no lo hiciera, porque era la visita; cuando en sus últimos días en Santiago se venía a las 4 de la mañana de la pieza en que vivía a mi casa porque tenía miedo, probablemente de morir sola, y terminaba durmiendo con mi mamá. Me acordé de lo buena que era, me di cuenta que era abuela mía también en cierta forma y me derrumbé, me abrazé a mi mamá porque no se que haría sin ella y lloré, las lágrimas que se asomaban en mis ojos y se negaban a rodar cayeron por fin y lloré, más que a mis propios abuelos. Me consoló la Anita María, la esposa de mi primo, el Opi, a quien no veía hace tiempo y que a los años parece cerrarles la puerta, ya que se ve igual a como la conocí.
Y así salimos de ese gran archivo, de parientes y amigos, los cuales puedes volver a visitar cuando quieras. Pensaba decirle a mi tío que esté conmigo y me acompañe cuando yo pierda a mi madre, así como yo lo hice esa fría tarde, pero decidí callar para no entristecerlo nuevamente. De cualquier forma no hace falta, estoy seguro que lo hará.