domingo, 2 de septiembre de 2007

Una Fría Tarde de Agosto (o “El Adiós a la tía Lia)



Recuerdo que cuando éramos niños, mi prima Carolina me dijo una vez que tenía dos abuelas: una la que teníamos en común, la Mami, y la Tía Lia, la madre de mi tío Rodolfo. Durante mucho tiempo nunca había reparado en que yo tenía solo una debido a que mi mamá fue abandonada y se crió en un convento con unas monjitas, las cuales serían su única famila. Con el tiempo, ambas se hicieron muy amigas y yuntas, quizás porque conocían la soledad de cerca; la tía Lia porque enviudó estando mi tío muy pequeño y lo sacó adelante sola, sin siquiera volver a tener un hombre a su lado. Debo decir que hasta hoy no sabía que, por ejemplo, cuando mi mamá la operaron de hernia, fue la tía Lia la que la llevó a la clínica, ya que mi papá debía ir a su trabajo. Sentados en el living luego de saber la noticia de su deceso y recordándola, mi mamá me contó que al ser consultada por una enfermera quien era la mujer que la acompañaba, no dudó en contestar que era su madre.
La tía estaba en sus últimos años, tenía más de ochenta años y a su vida había llegado ese soberbio enemigo llamado Alzhaimer, el cual, a ritmo vertiginoso, había arrastrado sus recuerdos lejos de ella. Una vez viajó a Santiago y nos visitó en nuestra casa, pero a pesar que estuvo con nosotros toda una tarde, de que nos saludó al llegar e, incluso, conversó con nosotros, en su mirada se percibía algo distinto… o alguien distinto. La muerte la visitó en un hogar de ancianos en la Serena donde unas monjitas cuidaban de ella, estando acostada plácidamente en su cama.
Fuimos el miércoles a enterrarla en el Parque del Recuerdo unos cuantos de nosotros, lo que queda de familia y no dejó de sorprenderme lo desunidos que estamos comparados con lo que éramos. La razón fue la muerte de mis abuelos, donde al gran patriarca lo llamábamos Tito y siempre he pensado que tras la muerte del líder de la ex Yugoslavia del mismo nombre, no me extraña que a nuestra familia le halla ocurrido lo mismo que a dicho ex país.
Al llegar caminé por las calles del cementerio, bordeando el prado regado de mármol y pude ver a personas sentadas en el césped mirando la lápida con dolor, con recogimiento y evidente angustia, mientras que otros lo hacían con una sublime conformidad, haciéndolos ver como si estuviesen de picnic, leyendo un libro, recostados junto al ser querido como si fuese una cama. Corrió una brisa fuerte y fría; me metí las manos en los bolsillos, me acurruqué en la bufanda y me uní a los demás.
La bajaron de la carroza que la traía desde el norte y abrieron la pequeña puerta del ataúd para poder verla, serena y tranquila, como durmiendo. Pusieron el ataúd sobre un carro y nos dirigimos a depositarla en su última morada.
La pusimos sobre la tumba los hombres ahí presentes; es primera vez que me pasa y no me gustaría hacerlo de nuevo. Se dijeron unas palabras a cargo de mi tío Ramón, donde recordó que en los inicios de su vida de casados la tía lo ayudó recibiéndolos en su casa. Hoy, casi treinta años después y con su matrimonio perdido, tuvo varios quiebres en la voz.
Y una vez terminado todo, cuando ya todos estaban conformes y comenzaban a bajarla, no aguanté más. Se me vino a la cabeza cuando llegaba a mi casa y siempre me traía dulces o galletas, que cuando terminábamos de tomar té se levantaba de las primeras a lavar la loza y había que retarla para que no lo hiciera, porque era la visita; cuando en sus últimos días en Santiago se venía a las 4 de la mañana de la pieza en que vivía a mi casa porque tenía miedo, probablemente de morir sola, y terminaba durmiendo con mi mamá. Me acordé de lo buena que era, me di cuenta que era abuela mía también en cierta forma y me derrumbé, me abrazé a mi mamá porque no se que haría sin ella y lloré, las lágrimas que se asomaban en mis ojos y se negaban a rodar cayeron por fin y lloré, más que a mis propios abuelos. Me consoló la Anita María, la esposa de mi primo, el Opi, a quien no veía hace tiempo y que a los años parece cerrarles la puerta, ya que se ve igual a como la conocí.
Y así salimos de ese gran archivo, de parientes y amigos, los cuales puedes volver a visitar cuando quieras. Pensaba decirle a mi tío que esté conmigo y me acompañe cuando yo pierda a mi madre, así como yo lo hice esa fría tarde, pero decidí callar para no entristecerlo nuevamente. De cualquier forma no hace falta, estoy seguro que lo hará.

1 comentario:

corderozombie dijo...

cuando lo lei por primera vez se me llenaron los ojos de lagrimas recordando a la tia lia, cosas que ya habia olvidado y que me hicieron sentir aun mas la perdida de un ser tan querido. No pudiste haberlo escrito mejor guantón.