
Atardecer. El viento jugaba con su pelo, dibujando con él caprichosas figuras que luego, como arrepentido, se ocupaba de borrar. Permanecía parada de pie frente al mausoleo, entre la niebla, dándome la espalda y vestida con su largo abrigo. Solos en ese gran huerto de cadáveres, adornado con fuentes y abominables estatuas: sagradas unas e impías otras.
Comenzaba a oscurecer, pero aún podía ver su cabeza inclinada, sus manos empuñadas, callada. Siempre he odiado el silencio entre nosotros, me hace sentir vulnerable, incapaz de siquiera imaginar lo que piensa, en qué quiere decirme, o callar.
Decidí sentarme en una lápida. Miré a mi alrededor, me restregué las manos para entrar en calor y aspiré el grato aroma de los árboles habitándose de murciélagos listos para cenar. Más a lo lejos, miles de estrellas comenzaban a iluminar el mapa de nuestros sueños.
Y luego los espasmos en su espalda y su llanto rompiendo la noche, su cuerpo cayendo de rodillas y yo corriendo en su ayuda. Me dejé caer frente a ella, como si quisiera rezarle o venerarla, pero comprendiendo cada vez menos para que me había citado allí.
- “Tranquila, desahógate” le decía, mientras sacaba el pelo de detrás de sus orejas, haciéndole ver preciosa.
- “Me siento tan mal, traicionada, olvidada. Me dan ganas de abandonarlo todo”
- “No digas eso, me tienes a mí, yo nunca te voy a dejar”
Entonces tomé su cara por las mejillas y nos besamos durante largo rato, rodeados de muerte, mientras el viento rasgaba sus lágrimas, arrastrándolas hasta mi boca.
- “Ven” dije tomando su mano y dirigiéndonos hacia una de las tumbas.
Era enorme y majestuosa, dando a entender que su inerte morador fue alguien ilustre. Estaba custodiada por un águila y una gárgola; entre ambas estatuas había una inscripción de mármol que decía “Quien aquí yace, a buen recaudo se encuentra. Encargados de velar por su eterno descanso están conminados este águila, símbolo de la elegancia, la lealtad y la perspicacia, y esta gárgola, figura oscurantista dotada de gran fuerza, vastas alas y cuerpo perfecto, a pesar de su grotesca fealdad. Hasta Dios hubiese retrocedido ante ellos”
Juntos no le temíamos a nada y ambos nos vieron recostarnos sobre el frío mármol, abrirle un poco su blusa y dejar su pecho desnudo. Mis labios besándolo y sintiendo el latir de su corazón, subiendo hasta su cuello, mordiendo cada centímetro, oliendo su cálido aliento y su boca buscando la mía otra vez , para entreverarse en una nueva batalla, dominar la lengua rival.
- “¿Estás bien ahora?”
- “Si. Gracias. Debimos habernos dicho tantas cosas desde un principio”
- “Todo tiene su razón de ser. Es natural sucumbir ante nuestros miedos, de eso puedes estar segura. Hubiera sido diferente, pero lo que tenemos ahora es igual de valioso.”
- “Esperé tanto tiempo que me dijeras lo que sentías por mí”
- “No quería hacer nada que no quisieras, hacerte daño, no me lo hubiese perdonado nunca. Por lo demás, ambos pudimos haber dejado de ser tan racionales y haber seguido el impulso. Ahora lo único que importa es que estamos juntos entre toda esta soledad. Cierra los ojos”.
Lo saqué de entre mis ropas, lo pulí un poco y en su negra piedra vi el reflejo de la luna llena.
- “Ábrelos”
Apenas podía ver en la oscuridad, pero recuerdo su cara de asombro, sus ojos llenándose nuevamente de lágrimas y como extendió su mano, ofreciendo su dedo, como por inercia.
- “Este anillo perteneció a una joven hechicera, el cual le fue regalado por su enamorado, un brujo. Justo antes de casarse, un día ella fue condenada a morir en la hoguera al amanecer. Sus últimas palabras fueron para él, para jurarle que no los separarían y que se reencontrarían pronto. Al atardecer el brujo llegó al lugar. Subió la colina y al llegar a donde había estado la pira y su amada, no aguantó más el dolor y cayó al suelo, llorando desconsolado. Rasguñaba las cenizas, tratando de buscarla o de quizás sentirla, cuando de pronto encontró el anillo. Lo tomó en su mano y cuando lo puso ante sus ojos vio a su amada, la joven hechicera, diciéndole: “Te amo mas que a nada en este mundo y ni la muerte podrá cambiarlo”. El anillo resultó ser un talismán, el cual lo protegía de todo mal, ya que ella al momento de morir por medio de un conjuro encerró todo su amor en aquella piedra. Lo conservó durante mucho tiempo, hasta que, llegada la hora de su muerte, lo regaló a otro joven enamorado. Así ha cambiado de manos durante muchos años, según me ha contado un hombre a la entrada de este cementerio. Se lo he recibido, pero cuando he querido agradecerle, había desaparecido. Supongo que a él también le llegó la hora de reunirse con su amada. Recíbelo como un símbolo de lo que siento por ti y en agradecimiento por todo lo que has despertado en mí”
Lo deslicé suavemente en su dedo y en ese mismo momento la negra piedra del anillo comenzó a resplandecer, iluminando furtivamente nuestras negras vestimentas, nuestras negras cabelleras y las lápidas a nuestro alrededor, sellando de forma lúgubre nuestro oscuro amor.
Comenzaba a oscurecer, pero aún podía ver su cabeza inclinada, sus manos empuñadas, callada. Siempre he odiado el silencio entre nosotros, me hace sentir vulnerable, incapaz de siquiera imaginar lo que piensa, en qué quiere decirme, o callar.
Decidí sentarme en una lápida. Miré a mi alrededor, me restregué las manos para entrar en calor y aspiré el grato aroma de los árboles habitándose de murciélagos listos para cenar. Más a lo lejos, miles de estrellas comenzaban a iluminar el mapa de nuestros sueños.
Y luego los espasmos en su espalda y su llanto rompiendo la noche, su cuerpo cayendo de rodillas y yo corriendo en su ayuda. Me dejé caer frente a ella, como si quisiera rezarle o venerarla, pero comprendiendo cada vez menos para que me había citado allí.
- “Tranquila, desahógate” le decía, mientras sacaba el pelo de detrás de sus orejas, haciéndole ver preciosa.
- “Me siento tan mal, traicionada, olvidada. Me dan ganas de abandonarlo todo”
- “No digas eso, me tienes a mí, yo nunca te voy a dejar”
Entonces tomé su cara por las mejillas y nos besamos durante largo rato, rodeados de muerte, mientras el viento rasgaba sus lágrimas, arrastrándolas hasta mi boca.
- “Ven” dije tomando su mano y dirigiéndonos hacia una de las tumbas.
Era enorme y majestuosa, dando a entender que su inerte morador fue alguien ilustre. Estaba custodiada por un águila y una gárgola; entre ambas estatuas había una inscripción de mármol que decía “Quien aquí yace, a buen recaudo se encuentra. Encargados de velar por su eterno descanso están conminados este águila, símbolo de la elegancia, la lealtad y la perspicacia, y esta gárgola, figura oscurantista dotada de gran fuerza, vastas alas y cuerpo perfecto, a pesar de su grotesca fealdad. Hasta Dios hubiese retrocedido ante ellos”
Juntos no le temíamos a nada y ambos nos vieron recostarnos sobre el frío mármol, abrirle un poco su blusa y dejar su pecho desnudo. Mis labios besándolo y sintiendo el latir de su corazón, subiendo hasta su cuello, mordiendo cada centímetro, oliendo su cálido aliento y su boca buscando la mía otra vez , para entreverarse en una nueva batalla, dominar la lengua rival.
- “¿Estás bien ahora?”
- “Si. Gracias. Debimos habernos dicho tantas cosas desde un principio”
- “Todo tiene su razón de ser. Es natural sucumbir ante nuestros miedos, de eso puedes estar segura. Hubiera sido diferente, pero lo que tenemos ahora es igual de valioso.”
- “Esperé tanto tiempo que me dijeras lo que sentías por mí”
- “No quería hacer nada que no quisieras, hacerte daño, no me lo hubiese perdonado nunca. Por lo demás, ambos pudimos haber dejado de ser tan racionales y haber seguido el impulso. Ahora lo único que importa es que estamos juntos entre toda esta soledad. Cierra los ojos”.
Lo saqué de entre mis ropas, lo pulí un poco y en su negra piedra vi el reflejo de la luna llena.
- “Ábrelos”
Apenas podía ver en la oscuridad, pero recuerdo su cara de asombro, sus ojos llenándose nuevamente de lágrimas y como extendió su mano, ofreciendo su dedo, como por inercia.
- “Este anillo perteneció a una joven hechicera, el cual le fue regalado por su enamorado, un brujo. Justo antes de casarse, un día ella fue condenada a morir en la hoguera al amanecer. Sus últimas palabras fueron para él, para jurarle que no los separarían y que se reencontrarían pronto. Al atardecer el brujo llegó al lugar. Subió la colina y al llegar a donde había estado la pira y su amada, no aguantó más el dolor y cayó al suelo, llorando desconsolado. Rasguñaba las cenizas, tratando de buscarla o de quizás sentirla, cuando de pronto encontró el anillo. Lo tomó en su mano y cuando lo puso ante sus ojos vio a su amada, la joven hechicera, diciéndole: “Te amo mas que a nada en este mundo y ni la muerte podrá cambiarlo”. El anillo resultó ser un talismán, el cual lo protegía de todo mal, ya que ella al momento de morir por medio de un conjuro encerró todo su amor en aquella piedra. Lo conservó durante mucho tiempo, hasta que, llegada la hora de su muerte, lo regaló a otro joven enamorado. Así ha cambiado de manos durante muchos años, según me ha contado un hombre a la entrada de este cementerio. Se lo he recibido, pero cuando he querido agradecerle, había desaparecido. Supongo que a él también le llegó la hora de reunirse con su amada. Recíbelo como un símbolo de lo que siento por ti y en agradecimiento por todo lo que has despertado en mí”
Lo deslicé suavemente en su dedo y en ese mismo momento la negra piedra del anillo comenzó a resplandecer, iluminando furtivamente nuestras negras vestimentas, nuestras negras cabelleras y las lápidas a nuestro alrededor, sellando de forma lúgubre nuestro oscuro amor.
1 comentario:
he disfrutado mucho de mi lectura reciente. De trama muy buena, sólo sentí pinchazos en mis ojos cuando percibí algunas fallas ortografico-semánticas; así como me atrevo a decir que la prosa no se encuentra en su clímax debido a pocos lapsos de desorden gramatical. Bah! Está lo esencial; el resto es sólo trabajo (más).
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